Comprendiendo los tiempos sagrados del crecimiento

Cada etapa del desarrollo del ser humano tiene su propio lenguaje. Comprenderlo cambia la manera en que acompañamos el crecimiento.

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Los Septenios: Comprendiendo los tiempos sagrados del crecimiento

Hay una pregunta que recorre de manera implícita toda la Pedagogía Waldorf y que conviene hacer explícita antes de hablar de septenios: ¿qué es el ser humano? No en términos de función biológica ni de agente social, sino en términos de su naturaleza esencial, de lo que lo constituye como ser en desarrollo.

Para Rudolf Steiner, el ser humano es un ser espiritual que se encarna progresivamente en la materia, y que lleva consigo, desde su origen, una serie de miembros o cuerpos que se despliegan en el tiempo con su propia lógica y sus propios ritmos. Esta comprensión es el fundamento desde el que Steiner desarrolló toda su pedagogía, y lo que da a la doctrina de los septenios su coherencia y su fuerza.

El ser humano, según la antroposofía, está compuesto de cuatro miembros principales. El cuerpo físico, visible, pesable, sujeto a las leyes de la materia. El cuerpo etérico, portador de las fuerzas vitales que organizan y animan la materia viva. El cuerpo astral, portador de la vida anímica, las emociones, los impulsos y los deseos. Y el Yo, el núcleo espiritual individual, portador de la autoconciencia y de la libertad moral. Estos cuatro miembros no nacen todos al mismo tiempo. Su despliegue ocurre en sucesivos septenios, y cada nacimiento trae consigo una transformación fundamental en las capacidades y necesidades del niño.

El primer septenio abarca los primeros siete años de vida. En este período, el niño está fundamentalmente ocupado en consolidar su cuerpo físico: no solo el cuerpo que vino al mundo al nacer, sino la organización fina de sus sistemas, la maduración de sus órganos, la configuración de su arquitectura nerviosa. El cuerpo etérico, que durante el embarazo operaba en el organismo de la madre, trabaja ahora de manera intensa en esta tarea de formación. Sus fuerzas están, en este período, comprometidas con lo físico. Dirigirlas hacia el aprendizaje abstracto y cognitivo antes de que esa tarea formativa esté completa no las libera para el intelecto: las desvía.

Esta es la razón pedagógica profunda por la que la Pedagogía Waldorf no enseña a leer antes de los siete años. Una decisión que nace de la comprensión del desarrollo infantil, no del conservadurismo. El niño pequeño es, ante todo, un ser de voluntad. Aprende desde el hacer, desde el movimiento, desde la imitación, no desde el intelecto ni desde la emoción. Su memoria es corporal y procedimental: retiene gestos, ritmos, olores, la textura del pan amasado, el peso de la tierra en las manos. El conocimiento, en este período, no entra por la cabeza. Entra por el cuerpo.

La imitación es, en la comprensión de Steiner, el gran órgano de aprendizaje del primer septenio. El niño pequeño no observa para luego reproducir: se funde con lo que percibe y lo expresa desde adentro. El adulto que rodea al niño pequeño es, antes que educador, un modelo que el niño incorpora literalmente. Sus gestos, su tono de voz, su manera de manejar los objetos, su actitud ante la vida: todo eso entra en el niño a través de la imitación. Lo que transforma al niño es lo que el adulto es y hace en su presencia, más que lo que dice.

El cambio de dientes —la Zahnwechsel— es el marcador visible de que el primer septenio ha cumplido su ciclo. El mismo metabolismo que formó esa dentición en los primeros años comienza ahora a liberar sus fuerzas hacia otro plano: la memoria consciente, la imaginación viva, la capacidad de representación interna. El niño de siete años que ha transitado su primer septenio en plenitud llega a la escuela básica con hambre genuina de aprender, con una riqueza interior construida sobre la experiencia sensorial y motriz de sus primeros años, y con un cuerpo físico bien consolidado que servirá de base a todo el desarrollo posterior. La neurociencia del desarrollo, al documentar la mielinización progresiva del sistema nervioso y su dependencia de la experiencia sensoriomotriz temprana, describe en su propio lenguaje una parte de lo que la antroposofía había postulado sobre las fuerzas formativas del primer septenio.

El segundo septenio, de los siete a los catorce años, despliega el nacimiento del cuerpo astral. Las emociones adquieren una presencia y una intensidad que antes no tenían. El mundo interior del niño se puebla de imágenes vivas, sentimientos complejos, admiraciones y rechazos. Y es precisamente desde este mundo de imágenes y sentimientos desde donde aprende ahora. La información que llega envuelta en belleza, en historia viva, en narración apasionada, encuentra un suelo que la recibe y la retiene de una manera completamente diferente a la información presentada de forma abstracta y neutral.

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En este septenio, el maestro ocupa un lugar que ningún programa curricular puede diseñar: el de autoridad amada. Autoridad que nace de la admiración genuina, no de la norma impuesta. El niño de ocho, diez, doce años necesita un adulto que encarne algo que vale la pena querer llegar a ser: la palanca anímica que abre la puerta al conocimiento desde el amor y la confianza. Un maestro que narra con pasión, que dibuja en la pizarra mientras explica, que mueve el cuerpo al hablar, aprovecha la naturaleza de este momento del desarrollo.

Respetar los septenios es reconocer que el tiempo del desarrollo tiene su propia sabiduría y que no puede comprimirse sin costo. Un árbol en el sur de Chile no florece en invierno aunque se eleve la temperatura artificialmente. La maduración verdadera tiene sus tiempos, y esos tiempos son sagrados en el sentido más preciso de la palabra: pertenecen a un orden que está por encima de la conveniencia y la impaciencia adulta.

Un fruto que madura lentamente guarda más en su interior que uno forzado fuera de temporada.