El juego libre y el alma de los objetos no estructurados

Un niño que juega no está descansando del aprendizaje. Está absolutamente inmerso en él.

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El juego libre y el alma de los objetos no estructurados

Observar a un niño de tres años que juega solo con un trozo de madera y una piedra durante cuarenta minutos es, para quien sabe mirar, uno de los espectáculos más sofisticados que puede ofrecer la infancia. Lo que parece ocioso o insignificante es, en el lenguaje de la antroposofía, la expresión más pura de las fuerzas de la voluntad en su período de mayor actividad y maleabilidad.

Para Rudolf Steiner, el primer septenio es el tiempo de la voluntad. No en el sentido moderno de determinación personal, sino en el sentido filosófico más profundo: la voluntad como el impulso que lleva al ser humano a actuar sobre el mundo, a transformarlo, a poner su sello en la materia. El niño pequeño aprende actuando. Cada vez que amasa, construye, derrumba y vuelve a construir, está ejercitando ese impulso primordial con una concentración y una seriedad que ningún adulto le enseñó.

Esta es la distinción fundamental entre el juego libre tal como lo entiende la Pedagogía Waldorf y el juego como recreación. El juego libre del primer septenio es la actividad formativa más importante de ese período, no un espacio de descanso entre actividades. No solo por las habilidades que desarrolla, sino porque es el modo en que la voluntad se ejercita, se afina y se convierte, en el largo plazo, en la capacidad de comprometerse, de perseverar, de completar lo que se empieza. Steiner afirmó algo que todavía resulta radical: la salud moral del adulto depende de cómo se trató la voluntad del niño. Un niño cuya voluntad fue constantemente redirigida, interrumpida u organizada desde afuera llega a la adultez con una relación debilitada con su propio impulso de actuar. Puede obedecer instrucciones, pero le cuesta encontrar motivación genuinamente propia.

La cuestión de los materiales es inseparable de esta comprensión. En una sala Waldorf del primer septenio no hay juguetes de plástico que imiten con fidelidad objetos del mundo cotidiano. Hay troncos, piedras, telas de colores, conchas, semillas, arcilla, trozos de madera de formas diversas. Esta elección nace de la comprensión de que el juguete que lo hace todo —el teléfono que suena, el avión que ruge, el muñeco que habla— deja al niño en el rol pasivo de receptor. El trozo de madera, en cambio, solo puede convertirse en algo si el niño pone sus fuerzas en ello. Y exactamente en ese gesto de transformación, de proyectar vida y significado sobre la materia inerte, es donde se ejercita la Phantasie: la imaginación viva.

La Phantasie, en el lenguaje de Steiner, es una fuerza del alma: la capacidad de percibir lo que todavía no existe y darle forma. Está en el origen del arte, de la ciencia creativa, de la anticipación y de la construcción de mundos posibles. Se desarrolla en la infancia temprana, principalmente a través del juego libre con materiales abiertos. Ningún ejercicio posterior la reemplaza del mismo modo.

La muñeca de trapo con el rostro apenas esbozado, símbolo por excelencia del juguete Waldorf, ilustra este principio con precisión. Un rostro que no expresa nada concreto invita al niño a proyectar en él todas las emociones posibles: alegría, tristeza, miedo, serenidad, según lo que el juego requiera en cada momento. En ese gesto de proyección, el niño practica activamente la empatía, la capacidad de atribuir vida interior a otro ser, de una manera que ningún muñeco parlante y con expresiones prediseñadas puede provocar. El juguete perfecto cierra la imaginación. El juguete imperfecto la abre.

Los materiales naturales tienen además una cualidad que los objetos manufacturados no pueden ofrecer: la verdad sensorial. Una piedra recogida del río Trancura tiene peso, temperatura, textura e historia. Transmite, a través de las manos que la sostienen, información directa sobre el mundo físico: la densidad de la roca, la manera en que el agua pule las superficies a lo largo de los siglos, la diferencia entre la cara expuesta al sol y la que descansa sobre el suelo húmedo. Esta información llega como experiencia directa. El cuerpo la recibe sin mediación de conceptos.

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El psicólogo Stuart Brown, que pasó décadas estudiando el juego en humanos y en otras especies, llegó desde una metodología completamente diferente a conclusiones que coinciden con lo que la antroposofía había postulado sobre la relación entre juego y voluntad. Brown documentó que la privación de juego libre en la infancia deja huellas reconocibles en el adulto: dificultad para relacionarse de manera espontánea, rigidez ante situaciones imprevistas, una relación empobrecida con el placer y con el riesgo calibrado. Son patrones documentados en miles de historias de vida.

Un niño que crece en el sur de Chile tiene acceso a una riqueza sensorial que muchos niños en el mundo no tienen: tierra volcánica, bosque nativo, lluvia insistente, frío de sur. Dejar que un niño se llene de barro, que juegue en el arroyo, que construya una cabaña con palos del bosque es la pedagogía de la voluntad en su contexto más genuino.